internacionales , politica , Tierra Uno Miércoles, 20 agosto 2014

El Estado Islámico: como la historia de Pedro y el Lobo

Andrés Paredes

Relaciones Internacionales y otros conteos regresivos

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Medio Oriente albergó la cuna de la civilización y, desde el siglo XX, a muchos de sus más feroces verdugos. Ha sido testigo en menos de 100 años de la masacre al pueblo armenio por los otomanos, las interminables guerras para acomodar al estado de Israel en la región, la masacre de kurdos por Saddam Hussein, la guerra entre Irán e Irak, las 2 invasiones norteamericanas, la guerra civil del Líbano y la más reciente en Siria, que ya ha cobrado 170 mil víctimas. Y para añadir sal a la úlcera sangrante, un movimiento jihadista tan tenaz y organizado como cruel comienza a ganar terreno. Su intolerancia es varias veces superior a la de los ayatolas iraníes y su violencia se gana la reprobación de la misma Al Qaeda: es el Ejército Islámico de Irak y Siria, ahora conocido simplemente como Estado Islámico (EI). Su aparición se asemeja a la historia de Pedro y el Lobo.

Foto: Excelsior.mx

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Pedro

Para hablar del EI tenemos que retroceder 11 años. En 2003 los Estados Unidos invaden el Irak de Saddam Hussein con dos pretextos principales: la posesión de armas de destrucción masiva (ADM) y por ser un aliado de Al Qaeda. Como es historia conocida, nunca se encontraron ADM. Algo menos conocido, debido a la guerra informativa, era el hecho que un régimen laico como el de Saddam Hussein estaba en las antípodas ideológicas del fundamentalismo religioso de Al Qaeda. Su régimen era férreo, despótico y no tenía muchos escrúpulos en la represión violenta de su población, pero su predominio mantenía a raya los brotes de fundamentalismo organizado que existían en el territorio. Desintegrar el régimen de Saddam tras la intervención militar norteamericana, junto con la acción de disolver los restos del ejército iraquí, fue peor que patear un avispero. Furiosas enemistades en la región salieron a flote. Y el lobo inexistente que clamaba EE.UU. en el papel de Pedro, comenzó a asomarse de verdad: la rama de Al Qaeda en Irak, que sería el núcleo fundacional del Ejército Islámico.

La idea norteamericana de “nation-building” y de “sembrar la democracia” en Irak para que sirviera de ejemplo exitoso en Medio Oriente fue un fiasco salpicado primero por la resistencia armada en varias zonas del país y también por una guerra civil entre sunitas y chiitas, las dos principales ramas del Islam. Los sunitas eran los perdedores del conflicto de 2003, pues fueron el sector dominante cuando Hussein se encontraba en el poder. La invasión de los norteamericanos y el que dejaran el nuevo gobierno iraquí en manos de los chiitas, sirvió de tierra fértil para aumentar su descontento. Poco a poco, lo que comenzó como Al Qaeda en Irak fue tomando la forma de un movimiento mucho más extremista (así es, más), dotándose de mayor autonomía y finalmente purgando como infieles a los leales a la línea “clásica” de Al Qaeda. De esta manera en el 2010 lo que se conocía como “Al Qaeda en Irak” ahora era el Ejército Islámico de Irak.

La paulatina evacuación norteamericana del país mesopotámico fue como la de un elefante retirándose en puntitas de una cristalería apenas embestida. Durante la etapa final de esta retirada empezó la Primavera Árabe, que comenzó a cambiar el panorama de la región. Su mayor legado no fueron cambios esperanzadores, sino conflictos como el de Libia y Siria. En este último país, la rebelión contra el autocrático presidente laico Bashar al Assad (del mismo partido político que Saddam) comenzó como un movimiento de clases medias sin tintes especialmente religiosos. Cuando la guerra civil se prolongó, los elementos del Ejército Islámico de Irak vieron una oportunidad de sacar su tajada del caos sirio, donde podían expandirse más fácilmente que en Irak. Con ellos la guerra civil siria se prolongó y su violencia se agudizó. Su participación en Siria se reflejó en su cambio de nombre: ahora eran el Ejército Islámico de Irak y Siria.

El Lobo

El propósito último del Ejército Islámico, como el de su ente originario Al Qaeda, es resucitar el Califato de los tiempos del Profeta Mahoma en un área tan vasta como el sur de España y Marruecos hasta Pakistán y parte de la India. Pero para entender al EI es necesario no subestimar el delirio, sino sopesarlo: un califato se entiende como un estado teocrático que articula el poder divino con el terrenal mediante la sumisión total al gobernante, el Califa, que no solo representa ambos poderes sino que los hace indistinguibles. El Califato existió en los primeros siglos del nacimiento del Islam y tuvo una extensión similar a la soñada ahora por los grupos fundamentalistas. Para hacerse una idea es el equivalente en la civilización islámica al ya abandonado sueño occidental de la resurrección del Imperio Romano: el retorno a un estado unificador casi global, invencible e idealizado como el epítome del orden y el esplendor. Como todo conjunto de ideas que tiene como objetivo una utopía perfecta e inmaculada, el fin justifica los medios. El Estado Islámico lleva ese principio a nuevas fronteras.

Para lograr reencarnar el estado prístino del lejano Califato (bajo el liderazgo del aún nebuloso Abu Bakr Al-Bagdhadi), han regresado a la vieja práctica hacia los que no quieren convertirse al Islam: o aceptan pagar un impuesto excepcional o les espera la muerte. Debido a esto se han reportado múltiples mutilaciones o ejecuciones de personas de otra confesión, entre las que se encuentran las formas más orientales del cristianismo como el caldeo-asirio, o cultos abrahámicos que habían sobrevivido por milenios como el yazidí, que adoran a un ser angelical con forma de pavo real considerado demoníaco por el fundamentalismo musulmán. Tampoco otras variantes de la fe islámica están a salvo del purismo del EI: los chiítas también han sido ejecutados públicamente, mientras muchas de sus mezquitas y lugares sagrados milenarios han sido volados en pedazos.

El Ejército Islámico cuenta con la experiencia militar de muchos de sus miembros y dirigentes veteranos de las guerras en Irak, quienes han enfrentado por años al ejército más sofisticado del mundo. También posee un fervor religioso que además de elevar la moral a tope en sus filas, ha sido muy exitoso en el reclutamiento internacional de voluntarios jihadistas, ansiosos de pelear por el reino de Alá en la Tierra. Y como no solo de fe vive una cruzada, el financiamiento del EI es respaldado por muchas fortunas particulares, principalmente afincadas en Arabia Saudí y Catar, y ahora por una importante zona petrolífera capturada en el norte de Irak y el este de Siria.

El éxito del EI lo ha hecho emerger del pozo donde múltiples grupos armados se han estado enfrentando en la convulsionada Mesopotamia, como el campeón de una competencia donde, en el más sombrío darwinismo, solo el más duro e inmisericorde sobrevive. Su resilencia, impulso fanático, recursos económicos y experiencia la convierten en una fuerza temible y le han permitido apoderarse de un área considerable, a costa de la fracturada Siria y el tembloroso Irak. Incluso algunos analistas hablan de una recomposición de las fronteras arbitrarias trazadas en el espacio árabe por las fuerzas coloniales de Francia y el Reino Unido, tras la Primera Guerra Mundial. Fuera de la prospectiva, los triunfos del EI han despertado las alarmas en el resto de actores de la región y forzado giros de timón: lograron que los Estados Unidos colaboren con sus viejos rivales de Irán (un estado chií); han hecho factible que los kurdos del norte de Irak tengan más autonomía para fortalecerlos como primera línea de defensa ante el EI, a costa de descomponer más lo que queda de Irak; también le ha dado un respiro momentáneo a Bashar Al Assad, el líder de Siria cuya caída era hasta hace menos de un año era el objetivo principal de Washington, algo que ahora solo sería una buena noticia para el Ejército Islámico.

Efectivamente la geopolítica dicta la lógica principal por la que viejos rivales se ven urgidos a cooperar contra este nuevo y pertinaz rival. Pero también hay otro factor relacionado a los terroríficos medios que usa el Ejército Islámico para imponerse en la conflagración: una crueldad alimentada del más impenetrable de los celos religiosos que va de la mano de una intolerancia de origen similar. Si bien esto se ha visto a veces en ciertos grupos terroristas en distintos contextos, el giro terrible ha sido la instauración de un estado fundamentado en estas características, algo que solo ha tenido precedentes recientes en la inaccesible Afganistán de los talibanes o en la fugaz Camboya de Pol Pot.

Dentro de todas las perspectivas, el éxito del Ejército Islámico en consolidar un estado en Medio Oriente significaría solo malas noticias para un orden mundial actualmente en curso de desestabilización. Por más que otros actores tengan una cuota de responsabilidad, como los Estados Unidos y su intervención en Irak, las potencias europeas que inventaron estados artificiales en el espacio post-otomano o los países árabes de donde provienen mucho de su financiamiento, las acciones del EI exigen una respuesta internacional, conjunta y urgente. Los desplazados por la intolerancia de esta entidad, entre los que están no solo cristianos, yazidíes, sino también musulmanes, representan una crisis humanitaria que desborda una región delicada, ya azotada por la la guerra civil siria y el conflicto israelí-palestino. Si el llamado al Califato universal, sus ambiciosas metas y su actual avance a pesar de hacer frente simultáneamente a norteamericanos, sirios, iraquíes y kurdos asemeja los inicios de uno de esos acontecimientos aluvionales en la historia, representa también una oportunidad para aminorar la rivalidad de antiguos enemigos en el camino de evitar un destino peor para todos ellos.

Andrés Paredes

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