internacionales , Tierra Uno Martes, 4 noviembre 2014

Hong Kong: el terco injerto de política liberal en China

La "Revolución de los Paraguas" Foto: EFE

La “Revolución de los Paraguas” Foto: EFE

Al terminar el dominio británico sobre Hong Kong en 1997, pasó a ser engullida por la República Popular de China de igual manera que una pequeña píldora. El gigante continental ya venía preparado para reincorporar una de sus piezas faltantes, gracias al esqueleto ideológico de “un país, dos sistemas”. Hong Kong era un hijo repatriado que volvía no solo poseyendo una economía próspera y muy capitalista, sino también con un armazón institucional heredado de las tradiciones liberales inglesas. El gobierno de Beijing prometió respetar dicho armazón institucional y acomodarlo de la mejor manera dentro del vertical y opuesto sistema político, dominado por un partido único como el PCCh.

17 años después, los efectos de la píldora democrática hongkonesa parecían que podían diluirse dentro de un sistema monopartidista respaldado por un éxito económico sin precedentes, que alimentaba a su vez un sentimiento de confianza y autoafirmación en el sistema. Existía la impresión que Hong Kong podría ser asimilado lentamente dentro del esquema dominante. Sin embargo, los acontecimientos de 2014 nos demuestran lo contrario. Las protestas desatadas contra los límites impuestos en la designación de los candidatos electorales han tenido un inesperado florecimiento y duración, considerando el aún fresco fantasma de la sangrienta represión de 1989 en Tiananmen.

Más allá de los efectos coyunturales de la protesta, si ésta logra prolongarse sus consecuencias podrían afectar a largo plazo la estabilidad china. Según diversas encuestas, el considerable porcentaje de la población de Hong Kong que se opone a las protestas (47%) no lo hace por desacuerdo sino por miedo a la reacción del gobierno central, y en su mayoría son personas de edad superior a los 40 años. Los jóvenes hongkoneses han crecido en una progresiva desconfianza hacia Beijing, y contemplan la historia de la represión al movimiento estudiantil de 1989 como algo no vivido, sino perteneciente a los libros y documentales del pasado. A diferencia de aquella vez, las actuales tecnologías de la información y el acceso creciente de la población china a ellas crean una cabeza de playa ideológica para la expansión de semillas de disidencia hacia el statu quo. Es por ello que el gobierno de Beijing se esfuerza en mantener una monumental “Gran Muralla Cortafuegos”, también conocida como el “Gran Firewall”: un filtro en Internet para evitar la invasión de noticias y búsquedas poco gratas al régimen. Como su antecesora de piedra, la Gran Muralla China, el “Gran Firewall” presenta muchos puntos débiles que permiten atravesarla eventualmente a quienes se lo proponen con seriedad.

Pero no se debe subestimar el control chino sobre la información: probablemente es más lo que se sabe en el extranjero de estos acontecimientos que entre la propia población del gigante asiático. La prensa de Occidente, fiel a su tradición, ya pasó a bautizarla con nombres auspiciosos como “La Revolución de los Paraguas”, que recuerda bautizos similares cuando suceden protestas contra regímenes que no orbitan el eje atlántico, como la “Primavera Árabe” o las revoluciones de colores en las repúblicas exsoviéticas. Aunque el optimismo sobre un efecto pro-democratizador en el país de los dos sistemas sea exagerado, es legítimo preguntarse cuánto tiempo puede sostenerse el experimento de una economía liberal-capitalista flexible y un sistema político monopartidista férreo. Y en función a ello ¿ha sido la incorporación de Hong Kong el injerto de un tejido que puede cambiar el ADN político del actual sistema chino? La respuesta todavía es incierta, pero lo visible es que la China continental no ha podido cambiar los genes institucionales tejidos con liberalismo político en la vieja colonia inglesa.

Andrés Paredes

Relaciones Internacionales y otros conteos regresivos